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2013 - Mensaje del Presidente del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios con ocasión de la LXª Jornada Mundial de lucha contra la Lepra

Pubblicato da in GiornateLebbra · 27/1/2013 09:00:20

Mensaje del Presidente del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios con ocasión de  la LXª Jornada Mundial de lucha contra la Lepra

(27 enero 2013)

Una “oportunidad propicia para intensificar la diaconía de la caridad” [1]


El domingo 27 de enero de 2013 se celebra la LXª edición de la Jornada Mundial de lucha contra la Lepra, un mal tan antiguo y al mismo tiempo tan grave por los padecimientos, la exclusión social y la pobreza que comporta el Morbo de Hansen. Esta jornada es una preciosa oportunidad para todos los cristianos, las entidades bienhechoras y las personas de buena voluntad, para que refuercen su empeño en favor de las víctimas directas o indirectas, por ejemplo los familiares de la personas infectadas por el Mycobacterium Leprae, y para promover un renovado impulso a la reinserción social de las personas que presentan sus inconfundibles mutilaciones. Según los datos más recientes de la OMS, en el año 2011 cerca de 220 mil entre hombres, mujeres y niños, han contraído la lepra y muchos de estos nuevos casos han sido identificados ya en un estado adelantado de la enfermedad. Se trata de una constatación de que, no obstante la meritoria acción de realidades internacionales y nacionales, gubernamentales o no, como la OMS y las Fundaciones Raoul Follereau y Sasakawa, aún permanece una insuficiente posibilidad de acceso a las estructuras para el diagnóstico, de carencia en la formación para prevenir en las comunidades el riesgo de contagio, y a la necesidad de acciones higiénico-sanitarias específicas. Todo esto es fundamental en lo que concierne la lepra que, si es curada, ya no es mortal, tal como sucede ampliamente también para las demás “enfermedades abandonadas” que en su totalidad siguen provocando anualmente centenares de miles de decesos, graves discapacidades o aflicciones permanentes en el estado de salud de adultos, adolescentes y niños en los países económicamente desventajados. Se trata de patologías que son auténticos flagelos en el Sur del mundo pero que no logran captar la suficiente atención de parte de la comunidad internacional no obstante encontremos entre ellas el dengue, la enfermedad del sueño, la bilharziasis, la oncocercosis, la leishmaniasis y el tracoma.Frente a esta emergencia sanitaria, a la luz del Año de la Fe en curso de desarrollo y con el deseo de comprometernos como católicos cada vez más en cumplir lo que Jesús pide con el mandamiento “Euntes docete et curate infirmos” (Mt 10, 6-8) y con nuestro Bautismo, hagamos lo posible a fin de que esta LXª Jornada Mundial de lucha contra la Lepra constituya una nueva “ocasión propicia para intensificar la diaconía de la caridad en nuestras comunidades eclesiales, para ser cada uno buen samaritano del otro, del que está a nuestro lado” [2], comenzando por quien ha sido afectado por el Morbo de Hansen. Dejemos que el ejemplo de Santos, Beatos y personas de buena voluntad, como San Damián de Molokai SS.CC. y Santa Mariana Cope O.S.F., la Beata Madre Teresa de Calcuta, fundadora de las Misioneras de la Caridad, Marcelo Candia y  Raoul Follereau, de quien este año se conmemora también el 110º aniversario de su nacimiento, nos inspiren y nos sostengan para llevar ayuda y consuelo a estos hermanos y hermanas nuestros enfermos, a los más pequeños y a los más marginados que, siendo inocentes, sufren la espada de la injusticia.Agradezco a la Providencia divina por haber podido visitar personalmente el año pasado, tanto la isla de Molokai, donde trabajó San Damián y Santa Mariana, como Madagascar, donde trabajó el Beato Jan Beyzym, jesuita. Son lugares ricos de humanidad y de fe en los cuales he podido encontrar a personas afectadas por la lepra y he tenido ocasión de orar por todos vosotros enfermos y por las personas que están a vuestro lado.Además, una tarea igualmente importante por desarrollar corresponde precisamente a vosotros, a todas las personas víctimas de la lepra, que están llamadas a cooperar para que se afirme una sociedad más inclusiva y justa que permita la reinserción de quien ha sido curado, a divulgar y promover las posibilidades de diagnóstico y de cuidado existentes, a remarcar la necesidad de someterse a terapias para ser curados contribuyendo a erradicar la infección, a difundir en las realidades donde se encuentran los criterios higiénico-sanitarios indispensables para impedir su propagación. Asimismo, el cristiano que ha sido afectado por la lepra tiene la posibilidad de vivir su condición en una perspectiva de fe “encontrando su sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con infinito amor” [3], orando y ofreciendo su tribulación por el bien de la Iglesia y de la humanidad. Con la convicción de que lo que ha sido puesto en evidencia seguramente no es fácil y requiere caridad consigo mismos y con el prójimo, la capacidad de esperar, mucho valor y paciencia y determinación, deseo recordar que Pablo de Tarso subraya que ninguno de nosotros ha “recibido un espíritu como esclavos para recaer en el temor”, sino que hemos “recibido un espíritu como hijos adoptivos por medio del cual gritamos: "¡Abbá, Padre!". Y, “si hijos, también herederos: herederos de Dios, y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con Él, para ser también con Él glorificados” [4] de modo que también en las situaciones más adversas “ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” [5]. Al agradecer, en fin, a todos los que se han dedicado y se dedican a la lucha contra la lepra, dirijo mi más ferviente oración a Maria Salus Infirmorum a fin de que todos los que sufren encuentren alivio y sostén al lado de las personas que a ellos dedican su vida.

Con mi cercanía, oración y bendición.

† Zygmunt Zimowski


[1] Benedicto XVI, Mensaje para la XXI Jornada Mundial del Enfermo 2013, 4
[2] Ibid., 4
[3] Benedicto XVI, Carta Encíclica Spe Salvi, 37
[4] Rm 8, 15-17
[5] Rm 8, 39



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