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EL ÚLTIMO PRESIDENTE


En el misterio en que se vio envuelta la vida de Juan Pablo II con el atentado contra su vida en 1981, apenas iniciado su Pontificado, se encerraba un don. El don de su vida prolongada hasta 2005. Una participación de ese don fue la creación de la Pontificia Academia para la Pastoral de los Agente Sanitarios en (1985) convertida después en Pontificio Consejo de la Pastoral para los Agentes Sanitarios (1988), un recorrido de 31 años, de los cuales han sido los mayores beneficiarios los enfermos y entre ellos los enfermos más pobres y descartados en los cinco Continentes.
Desde que fue creada esta Institución eclesial ha conocidos tres Presidente: el Cardenal Fiorenzo Angelini, italiano; el Cardenal Javier Lozano Barragán, mexicano; y el Arzobispo Zigmunt Zimowski, polaco. Ellos visualizaron la universalidad de la Iglesia.
Cuando nos disponemos a celebrar la XXXI Conferencia Internacional del Pontificio Consejo de la Pastoral de la Salud, sabemos que este Dicasterio cesará en sus funciones a partir del 1 de enero de 2017 por deseo del Papa Francisco, pasando a formar parte del creado como Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

Casi sin querer la XXXI Conferencia Internacional tendrá un halo un tanto triste, con sensación de orfandad, porque desde el día 13 de julio Mons. Zimowski fue llamado a pasar al reino de su Señor, Dios lo encontró digno de Sí. Es por ello que su moderador general será nuestro Secretario Mons. Jean-Marie Mupendawatu. La oración y el minuto de silencio programado en su memoria, me anima a sacar a la palestra el recuerdo que de él guarda mi memoria, pero sobre todo mi corazón.


Unos meses después de que el Papa Benedicto XVI lo designara como Arzobispo Presidente del Pontificio Consejo para los Agentes Sanitarios (2009), visitó España cuando los Delegados de Pastoral de la Salud celebrábamos el Encuentro Nacional. Hombre afable, cercano, atento a conocer la realidad y el desarrollo de la acción pastoral en nuestro país. Entonces le hablé de mi admiración y veneración hacia su compatriota, el Papa Wojtyla. Él me escuchaba atento y asentía en todo lo bueno que yo iba diciendo del Papa. Para mí aquel nombramiento de S.S. Benedicto VI era como un regalo que nos hacía el Siervo de Dios Juan Pablo II, que tanto amó esta tarea pastoral de llevar luz, consuelo y esperanza a los hombres que sufren.

Los siguientes encuentros con él fueron en Roma, con motivo de las Conferencias Internacionales. Me saludaba con afecto y ya me había identificado como la fiel seguidora de Juan Pablo II. Siempre me llamó la atención su capacidad de escucha. Tenía la percepción de que era un Obispo piadoso y un buen pastor amante de los enfermos. Le contaba cómo desarrollábamos la Pastoral de la Salud en la Diócesis, nuestros proyectos, inquietudes, logros y también nuestras esperanzas.

No pasó demasiado tiempo y también a él le tocó experimentar el sufrimiento y la enfermedad, una situación que no pude viví en la cercanía del día a día, pero sí que mi oración le acompañaba. Todos rezábamos para que pudiese verse aliviado y confortado por Jesús. He de decir que aquel “don” del que hablaba al principio, se prorrogó en la vida de Mons. Zimowski en el modo de vivir su enfermedad, mirando a su compatriota que hoy veneramos como San Juan Pablo II. Me lo dijo personalmente en su despacho: “yo fuerte como él, lo he pasado mal”; fue hace un año, cuando celebrábamos la XXX Conferencia Internacional, última que él presidió en 2015. En febrero de 2016 nos quedó bien evidente, a las personas que tuvimos la gracia de vivir la Jornada Mundial del Enfermo en Tierra Santa con él, como Delegado y enviado especial del Santo Padre. Pudimos observar la fragilidad de su cuerpo y la grandeza de su alma. Era ejemplar en su modo de estar, el espíritu de superación ante las dificultades, deseoso de estar presente y participativo en todo, su modo de vivir las celebraciones litúrgicas, la piedad y el recogimiento al recibir la Santa Unción, su gesto amable saludando a los enfermos, su actitud humilde dejándose ayudar por los sacerdotes.

La vitalidad de su alma quedó de manifiesto. Recuerdo especialmente su homilía en la Eucaristía en la Basílica del Santo Sepulcro, cuando traía a su memoria, muy emocionado, la visita del Papa Juan Pablo II a aquel lugar sagrado, y el esfuerzo que tuvo que hacer empeñado en subir la escalera para adorar el lugar en el que reposó el cuerpo de Jesús, al que trataba de imitar. Más que en ningún otro sitio en aquel lugar, podemos escuchar en nuestro corazón que el sufrimiento, la enfermedad no tienen la última palabra, ni siquiera la muerte, porque la Resurrección de Cristo es el triunfo final. La Basílica del Santo Sepulcro se convirtió para nosotros en símbolo de esperanza y de gracia como signo de aceptación y de ofrecimiento del sufrimiento salvífico. Creo que lo experimentó de manera real y especial nuestro Presidente Mons. Zimowski. Así nos lo hizo comprender. Todos nos sentimos agradecidos por su testimonio, su fortaleza, su amor a Jesucristo; fue realmente una experiencia de fe vivida en el mejor de los ambientes, en Tierra Santa. Él hizo realidad aquellas palabras de San Juan Pablo II: “Hacer bien a quien sufre, y hacer bien con el propio sufrimiento”. Realmente nos hizo mucho bien. Todavía me queda un motivo especial de gratitud. La Pastoral de la Salud de nuestra Diócesis de Ávila ha publicado los Mensajes de Juan Pablo II y Benedicto XVI con motivo de la Jornada Mundial del enfermo: “Mensajes desde el amor al hombre que sufre”. En la II parte, dedicada a los Mensajes del Papa Benedicto XVI, le pedí a Mons. Zygmunt Zimowski que hiciese la Conclusión. Poco después de esta solicitud se agravó su situación, lo que me hizo dudar de su aportación, pues todo parecía indicar que no podría ser. Pero no, con gran alegría para nosotros, Mons. Zimowski hizo un gran esfuerzo y nos regaló de su Conclusión; hoy lo considero como su testamento espiritual. Tomo agradecida este párrafo  que descubren la altura de su espíritu: “El tema del sufrimiento es un tema difícil: difícil de vivir y de explicar. Más que de un desafío se debería hablar del misterio del sufrimiento, frente al cual estamos en contacto a diario, bien personalmente, bien porque alguno de nuestros amigos o familiares está atravesando un momento de  dificultad física o moral… El sufrimiento hay que afrontarlo siempre a la luz de la fe, aun cuando ella, en el momento de la desgracia, se vea sometida grandemente a prueba. La fe, con todo, no es solo útil, sino que resulta incluso indispensable. El sufrimiento vivido en comunión con el Salvador no es solo más fácil de soportar, sino que en realidad puede constituir un motivo de particular gozo. Esto se deriva de dos razones: en primer lugar, cuando sufro, puedo contar con la cercanía especial de Cristo, que se identifica sobre todo con aquellos que llevan a cuestas la cruz de la enfermedad y, en segundo lugar, mi sufrimiento se convierte en ocasión para una especie de misión y de auténtica evangelización. A través de mi testimonio de cómo afronto la enfermedad puedo de alguna manera hacer que los demás, al ver la extraordinaria fuerza que emana de mi fe, puedan quedar seducidos y quieran reforzar su relación con Dios, fuente de fuerza espiritual. De este modo el sufrimiento se convierte en algo así como un desafío, pero además en una oportunidad de participar aún más plenamente en la actividad misionera de la Iglesia”.



Muestro a Dios mi acción de gracias por el bien hecho por el Pontificio Consejo, sus Presidentes, su último presidente Mons. Zimowski presente de modo especial en esta XXXI Conferencia Internacional, Secretarios y Vicesecretarios, gracias por los obreros de esta Viña del Señor, trabajadores y voluntarios. Todos nos han ayudado a descubrir en las pequeñas Diócesis la grandeza y universalidad de la Iglesia, nos han hecho sentir que no estamos solos, que la acción pastoral es única, heredada y aprendida de Jesús que privilegió en su vida a los enfermos curando, sanando, salvando a todos. ¡Dios sea bendito!



Marisol Carpintero


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